@ Homenaje a Velázquez. Ramón Gaya 1996

«Porque la única riqueza del arte consiste en su vacío, en la pureza de su vacío, un vacío, eso sí, que está como habitado, como lleno; un vacío que no significa no ser nada, ser la nada, sino que, precisamente, lo es todo. En esas épocas brillosas, que los insensatos historiadores han dado en suponer esplendentes para el arte, se confunde lo que sólo son combinaciones, manipulaciones complicadas, acaso inventos, con la creación. Pero crear es muy distinto de inventar. Un invento, el más maravilloso, es siempre una construcción muerta, un artefacto que funciona, sí, pero que no vive; y crear es, como se sabe, dar vida. Dios no inventó al hombre, lo creó, y lo creó a imagen y semejanza suya, porque la creación no exige, como la invención, que aquello sea diferente. Puede ser lo mismo, y valer. En realidad, Dios está creando todavía».

«Por eso el gran arte -que es la única forma de creación que puede el hombre- es siempre igual; lo que en tal o cual época nos empeñamos en añadirle, no es sino paja, relleno, mentira, es decir, estilo. Pero el gran arte no tiene estilo. El gran arte no puede tener estilo porque el estilo es un encierro. Y el gran arte no puede estar preso: se muere cuando tropieza con algo que lo quiere contener, detener, fijar, guardar, perennizar. El estilo, la jaula de oro del estilo, sólo sabe encerrar pájaros disecados, es decir, arte quieto, arte decorativo, arte artístico, plumaje solo, belleza sola. Pero lo bello es, sin duda, el muro donde acaba la vida y donde empieza, no la muerte -porque la muerte está viva también-, sino la nada. Sentimos que detrás de la belleza no hay nada, que todo cuanto puede ofrecernos termina en esa como pared que nos presenta siempre; termina en ese tope con que nos sale al paso, dejándonos fuera de ella, puesto que ella, todo lo que es ella, está en lo exterior de sí misma. Creemos que la belleza nos emociona, que nos habla, pero no es verdad; lo que sucede es que nos asusta, nos asusta precisamente su silencio, lo que tiene de silencio final, de final visible.»

Texto de Ramón Gaya. Puedes ver el texto completo en la web ramongaya.blogspot.com