@ Fundación Ramón Gaya

«Lo que hay que tener es un oido fino, profundo. Es escuchar nada más».

«Lo que me interesa es que de pronto se produce un tema pictórico y ese tema es un tomate rozado por cierta luz. Y en un momento pasa del verde al rojo. Y yo si que veo ese tomate como un fruto, pero lo veo como portador de algo muy milagroso. Es una superficie donde pueden suceder cosas milagrosas, cosas hermosísimas e indecibles, inefables y, entonces, como yo no puedo llamar al vecino y decirle: Venga usted, que aquí está sucediendo un milagro, en el paso de la luz por encima del verde y del rojo, está sucediendo un milagro. Entonces me pongo a pintarlo. No porque yo en el cuadro vaya a rebelar eso, el milagro ese. Yo lo que quisiera hacer el milagro ese como más perdurable. Igualmente inefable, que continuara siendo inefable. No es nada más que eso».

 «Lo que pasa es que la gente tiene prisa y creen que se les ha de regalar. Tienes que hacer un esfuerzo en tu vida para comprender algo. No te regalan nada más que el engaño«.

«Lo que pinto ahora me sigue pareciendo preparación para el día siguiente».

«En lugar de llegar a una maestría, lo que hay que llegar es a un principio«.

«Lo que hace imposible que el público pueda comprender una obra es que la concibe invariablemente como una hazaña de cualquiera, cuando, en realidad, se trata de un milagro, de un milagro de … nadie«.