@ Ramón Gaya «El perejil», 1994, Gouache,papel, 36×50

«Eso que nos parece estar escondido, agazapado detrás de la realidad del mundo, más que alma, es un Algo, un «algo» que sólo nos es dado percibir (cuando lo percibimos) como por una especie de transparencia, a través del cuerpo compacto de la realidad. No, no es propiamente el alma, porque a ella, en un cierto modo y hasta cierto punto, la conocemos muy bien y podría decirse que dispone, incluso, de una fisonomía propia bastante determinada; además, el alma no está nunca de antemano, desde un principio, sino que… acude».

«El alma, como un agua viviente, con la puntualidad y fatalidad de un agua viviente, inundadora, acude a llenar esas concavidades que aquí o allá, han quedado dispuestas para recibirla; el alma acude (cuando acude) como un… merecimiento – por eso no podemos salir, desaforadamente, como bárbaros cruzados, en su persecución y conquista, sino esperarla tranquilos, pasivos, limpios, por si ella, por propia, piadosa, armoniosa voluntad, quiere buenamente acudir, venir y aposentarse en nosotros, habitarnos-; el alma acude (cuando acude) en donación, en gracia; no tenemos alma, la alcanzamos (cuando nos es dado alcanzarla), o mejor, nos alcanza (cuando nos alcanza). El alma acude a nosotros (cuando acude) y más raramente aún, acude también a esas obras que , en realidad, de verdad, no son obras sino seres, es decir, esas obras nuestras que ni son obras ni son nuestras. Pero ese Algo, en cambio, ese «algo» animado que nos parece ver, o entrever, o entresentir. detrás mismo de la realidad, no es que acuda, sino que está siempre y desde siempre en ella, escondido y como agazapado en ella».

Del libro de Ramón Gaya «Obra completa» ed. Pre-textos pgs 631-634