© Imogen Cunningham. Magnolia 1925

 

La luz tiene esa doble cualidad de ser material e inmaterial al mismo tiempo, como el arco iris que podemos ver pero que nunca podremos alcanzar. Es un elemento que no podemos tocar pero ella sí que nos toca a nosotros. Nos acaricia suavemente posándose sobre todos los objetos sin distinción, sin establecer ningún juicio de valor. Como todo fotógrafo que se precie, estoy enamorado de la luz. Ella lo transforma todo. Hace que algo insulso se vuelva interesante dependiendo de cómo esté iluminado. Si la luz es suave envuelve a los objetos y no produce grandes sombras. La imagen resultante será más descriptiva del tema que aparezca en ella. Si la luz es dura producirá fuertes sombras y el resultado será más dramático. Es una evidencia y, al mismo tiempo, una contradicción pero es la luz la que produce las sombras. Aquella parte de la escena que está iluminada tiene vida, destaca del resto de la imagen. Su color y su forma están vivos. En cambio, las zonas en sombra se ven aplanadas y parece que solo estén allí para tener un papel secundario, como si su función fuera mostrarnos por contraste los maravillosos efectos de la luz.

Sin la luz no existiría el color. Está completamente unida a él porque es su origen. Ya sabéis que el objeto absorbe el complementario del color que nosotros vemos. Si es una hoja verde quiere decir que absorbe la banda del magenta. Es así porque ella contiene todos los colores (cuando es una luz blanca). ¿Os imagináis ver el mundo en blanco y negro? Realmente la vida perdería mucho porque él nos aporta ese componente emocional sin el que todo parece más insulso. El color está asociado con las emociones. Utiliza un lenguaje directo que no pasa por nuestro pensamiento pero que afecta nuestro estado de ánimo. Estamos rojos de rabia o verdes de envidia. En sí mismo, el color constituye un símbolo que nos conecta con una clase de energía. Asociamos la espiritualidad con el color morado o la luz del sol con el amarillo, la naturaleza con el verde, y el cielo con el azul. En cambio el blanco y el negro se corresponden con la máxima luz y la ausencia total de luz pero en ninguno de los dos casos interviene el color. En los extremos la sutilidad del color y de los matices desaparece y nos quedamos ciegos.