© Sebastiao Salgado

 

Una fotografía no explica nada. No nos narra una historia. Para que haga esa función necesita un pie de foto que explique el suceso. Una misma imagen puede servir para ilustrar diferentes historias en diferentes momentos temporales solo cambiando el texto. La utilidad de la imagen en este contexto es aportar veracidad. La fotografía nos dice que eso que nos están explicando es verdad, aunque esa verdad esté siempre condicionada por las intenciones y la forma de ver el mundo del fotógrafo.

Una fotografía se parece más a una poesía que a una novela. Su fuerza reside en la síntesis, en eliminar aquellos elementos que nos distraen del «mensaje». El lenguaje que utiliza no son las palabras sino que nos habla a través de elementos visuales que nos producen ciertas sensaciones. Cuanto con más claridad puede provocar una experiencia en el espectador mejor es la fotografía. Ese nivel lo alcanza cuando la imagen se convierte en un símbolo.
En fotografía, el símbolo es invocado por alguna de las cualidades del objeto fotografiado. Por ejemplo, hacer una foto de una rama de olivo no nos conecta automáticamente con un símbolo de paz, aunque ésta sea la simbología clásica. En cambio una imagen de un lago que refleja las nubes con claridad porque el agua está en calma sí puede transmitir esa energía.